martes, 2 de noviembre de 2010

Su sonrisa, gracias


El otro día me dediqué una tarde a mí misma, necesitaba hacer unas compras y me fui a un centro comercial. Después de recorrer varias tiendas, y comparar precios, al final me decidí a adquirir esos zapatos que necesitaba en la tienda en la que la dependienta me había sonreído.

No me gustan esos dependientes/as que son todo zalamería y se dirigen a una con palabras como “cariño” o “guapa”. Tampoco me gusta que me hagan la pelota y me digan lo fantástico que me queda todo. Pero sí pido un poco de amabilidad y una sonrisa. Os aseguro que a una tienda donde me tratan con desgana, me ponen una mala cara o no me saludan al entrar, no vuelvo. De la misma forma, también pienso que los clientes bordes y desagradables se les debería vetar la entrada.

Todo esto lo cuento, no porque vayamos a hablar de compras, ni de ropa, no. Os lo cuento para que veáis lo importante que es para mí una sonrisa cuando estás cara al público. Y cara al público no se está sólo detrás de un mostrador, también se está al otro lado del teléfono.

Para sonreír sólo hace falta mover 17 músculos, mientras que para fruncir el ceño utilizamos 43, creo que es un pequeño esfuerzo que merece la pena. La persona que está al otro lado del teléfono, va a detectar siempre, si le tratamos con apatía, indolencia o indiferencia, si nos molesta la llamada porque consideramos que estábamos haciendo algo más importante, si nos urge colgar o si a la vez que le atendemos nos estamos limando las uñas. Del mismo modo que detectará si ponemos nuestros cinco sentidos en atenderle, si nos interesa lo que nos está contando y, por supuesto, si le sonreímos al hablar.

Siempre se ha dicho que la música amansa a las fieras, no obstante, yo no me veo cantándole una coplilla al teléfono a un cliente descontento, entre otras cosas porque después de escucharme, su malestar puede verse incrementado exponencialmente. Sin embargo, sí he podido comprobar que tratando a ese cliente de una forma amable, escuchándole y por supuesto, aunque no nos vea, sonriéndole, podemos conseguir mucho más y de una manera más rápida que teniendo una actitud pasota o irritada.
Del mismo modo, cuando eres la persona que realizas la llamada, no sólo cuando la recibes, tú actitud debe ser la misma.

No hace falta caer en lisonjas y adulaciones fáciles hacia nuestro interlocutor, simplemente hay que tener esa palabra amable junto con un trato cordial, y pensar que cuanto más sonrías, más sencillo te resultará seguir sonriendo.

Espero que el día que nos crucemos en una línea telefónica, me sonriáis.